-FANTASMAS-
Hacía tanto tiempo que los fantasmas no acechaban, que ya me había olvidado de cómo eran. Aunque definitivamente ya no me asustan, no dejan de producirme conflictos internos.
Aparecen a cualquier hora y en cualquier lugar. Bien puede ser cuando recién me despierto y miro el lado de la cama, en el que no dormí, hundido y deshecho, como si alguien hubiera estado acostado ahí durante mucho tiempo y en una misma posición; lo curioso es que al instante siguiente, ese otro lado de la cama está intacto, tal como lo vi en la noche antes de acostarme.
Puedo verlos acechándome en la ducha, canturreando, con extrañas voces, melodías quejumbrosas, dolientes. Algunas veces les siento debajo del escritorio en la oficina. Todavía no me explico por qué me siguen a todas partes.
Si no me equivoco, aparecieron por primera vez aquel día gris y húmedo en el que el gato me arañó los pies porque le pisé la cola; en el que me hice una pequeña cortada en el dedo medio de la mano izquierda cuando corrí con la botella de refresco en las manos y mis pies torpes tropezaron con el escalón de la cocina; aquel día en el que el tipo ese que trabajaba en el restaurante de mi tía me llevó a su cuarto y, después de darme una revista de caricaturas, me tocó con su boca por todos lados; aquel mismo día gris y húmedo en el que ese mismo tipo, después que terminó de besarme, se ahorcó, frente a mis ojos, con el brazo de su hamaca. Recuerdo que nos encontraron tres horas después: a mí desnudo durmiendo en el suelo en un rincón del cuarto; a él colgado, desnudo y morado. Yo nunca supe lo que sucedió porque solamente tenía tres años.
Sí, ese fue el primer día en que los fantasmas aparecieron.
Recuerdo que me despertaban en la madrugada mordiéndome los brazos y las piernas con sus dientes de punta aguda. Uno que otro me mordía la cabeza; era entonces cuando gritaba y ellos se burlaban de mí con aquellas risas huecas que aun, de vez en cuando, retumban en mi mente en esas noches de soledad profunda en las que las paredes de mi cuarto de cuatro por cuatro, parecen venírseme encima para aplastarme y luego devorarme con sus filosos dientes. Cuando mi madre llegaba corriendo y me abrazaba, ellos desaparecían. Así fue hasta que cumplí quince años, entonces los fantasmas se fueron y le dieron paso a las visiones más exquisitas, plenas de lívido y de morbo: ¡Bendita adolescencia!
Ahora los fantasmas han vuelto, quince años después. Me despertaron hoy en la madrugada con sus mordiscos, y no me dejaron en paz hasta que fue hora de levantarme para irme al trabajo. Me canturrearon en la ducha. Tamborilearon con sus largas uñas en mi cabeza. Me rasguñaron las piernas, escondidos bajo el escritorio.
Como a las doce y media del día, mi jefe hablo por teléfono a mi oficina y me dijo: “Márquez, necesito que me hagas un favor. Mi esposa está en una junta en su trabajo y yo necesito salir a entrevistarme con un cliente, así que no hay nadie que recoja a Toñito de la guardería. ¿Podrías ir por él y llevarlo a mi casa? Ahí estará Carmita, su nana, esperándote”.
Le respondí que sí, que no había problema. Llegué a la escuela en mi auto y me identifiqué con la maestra aunque en realidad no era necesario porque Toñito me reconoció al instante.
Ibamos de camino a casa de mi jefe cuando ocurrió. Ellos, los fantasmas, aparecieron de pronto. Vi por el retrovisor a uno de ellos que me miraba mientras le acariciaba la cabeza a Toñito y lo sentaba en sus piernas. Me enseñaba sus dientes puntiagudos con una sonrisa. Otro iba en el asiento de adelante, a mi lado; éste me miraba con sus cuencas, porque no tenía ojos, de manera lasciva y de su sonrisa brotó una enorme lengua que me acarició el cuello. Entonces, entre los dos tomaron mis manos haciéndose cargo del volante. Me obligaron a manejar hasta mi casa. Subí con Toñito en brazos hasta mi cuarto...
Fueron ellos, los malditos fantasmas, los que me obligaron a hacerlo.
Toñito está desnudo, dormido en el suelo en un rincón del cuarto y yo... estoy colgado, desnudo y morado.
-ÍCARO-
Cada vez más alto y más alto. El cielo se acercaba.
Podía tocar las nubes. El sol le quemaba el rostro.
El vuelo se le estaba haciendo eterno y le parecía
maravilloso; ya no quería bajar al suelo jamás ¿para qué? Así estaba bien, sin
gente que le gritara loco y le diera un zape. Ahí arriba todo era tranquilo y
sereno; se respiraba paz.
¡Pobre Elías!, el loquito del 7 como lo llamaba la
gente de la vecindad, a sus cortos nueve años y con su retraso mental, no había
entendido que la historia de Ícaro no era real. Creyó que sus alas de cartón y
papel crepé serían más resistentes que las de cera y plumas.
Ya no podía tocar las nubes. El cielo se alejaba poco
a poco. El sol desapareció de su rostro.
Cada vez más bajo y más bajo. El suelo se acercaba.
Vio que los rostros no eran de envidia si no de horror. Y lo que le quemó el
rostro no fue el sol; fue su sangre caliente al estrellarse de cabeza.
-De
Color Rojo-
No recuerdo el momento exacto, solamente recuerdo que
ocurrió muy rápido.
Como cada mañana, me levanté temprano, después de
ducharme, fui a la cocina y me preparé un sandwich gigante con mucho queso
blanco y cuatro rebanadas de jamón. Corté unas naranjas y las hice jugo. Todo
iba normal, con la rutina de siempre aunque no la misma.
Después de desayunar fui de nuevo a mi recámara a
vestirme para irme al trabajo. Salí de casa en mi automóvil del año –mi estatus
social no me permitía nada menor que eso-. Luego de recorrer las calles de
costumbre, la vi parada en la esquina de siempre. El semáforo se puso en rojo y
nuestras miradas se cruzaron: ¡Qué hermosa era! Ese día llevaba un traje sastre
de falda y saco de color rojo; unas zapatillas, no muy altas, del mismo color
que su ropa al igual que su bolso, y una blusa blanca de algodón. Su lacia
cabellera castaña, se agitaba al compás del viento matinal. Sus ojos miel
brillaban de forma especial, y su piel, blanca en extremo, lucía más tersa que
nunca.
Pude percibir el olor de su perfume que se colaba por
la ventanilla abierta de mi auto. Olía a uvas frescas.
El tiempo parecía transcurrir lento: cada milésima de
segundo era un minuto y cada segundo una hora, y ella ahí parada, en la esquina
de siempre, en la esquina de todos los días, haciéndose mía a cada instante.
Nuestras miradas se cruzaron de nuevo, fugaces. Por
primera vez en tres semanas la saludé con un ligero movimiento de cabeza y ella
empezaba a sonreír cuando aquél automóvil blanco, salido de la nada, chocó de
frente contra el mío. Por la velocidad a la que venía, después de destrozarme
el cofre, saltó y giró sobre su propio eje; yo alcancé a voltear para mirarla,
entonces el auto cayó sobre ella y su sangre se regó por la acera...
Con su vida se fue la mía, por eso no quise terapia y preferí quedar
condenado para siempre a esta silla de ruedas.
pobre elias... que triste!!
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